SOBRE LA ANOMALÍA LUNAR


Encontré el siguiente comentario, escrito por:
Ángel Ruiz Cediel  @angelruizcediel  miércoles, 7 de marzo de 2012


Todos, sin excepción, han podido ver estos días en el hemisferio norte, y particularmente en España, que el cuarto creciente, además de adelantado a la fecha prevista, tenía forma de “U”, cuestión que sólo sucedería si España estuviera en el ecuador y no a 42º promedio de latitud. Por otra parte, sabemos que la Luna (al igual que la Tierra), tiene tres movimientos básicos, traslación, rotación y libración, siendo que éste último, la inclinación o bamboleo aparente de la Luna, es aproximadamente de entre 5 y 7º de arco, cosa que al mismo tiempo que hemos podido ver todos que su ubicación era anormal debido a la luz que reflejaba del sol, ha sido (es, porque todavía puede ser observado a simple vista u ojo desnudo) coherente con su inclinación o libración aparente, pudiéndose afirmar que está tumbada a la izquierda unos 42º sobre su posición natural. Esto, por sí mismo, implica que sería la Tierra la que ha modificado su eje de giro, tumbándose 42º hacia el Sur. Un hecho por sí mismo de una importancia tal que habría requerido (y requiere) una explicación urgente de las autoridades (especialmente de las astronómicas) que no se ha verificado, cual si nadie hubiera visto nada o lo que se ve fuera completamente normal.
Y no lo es, claro. Nada hay de normal en esto, ni es una cuestión baladí que los planetas o los satélites, siempre impertérritos, modifiquen su conducta de este modo. Los planetas no se tumban 42º porque sí, sino por influencias de otros cuerpos estelares presentes que están interactuando con el campo electromagnético solar y terrestre, que son los que, si no hubiera esas fuerzas ajenas, mantienen a la Tierra en su posición natural. Algo, por otra parte, coincidente con un periodo en el que en ciertos países se están dando fenómenos atmosféricos propios del verano (calor, coincidente con una posición ecuatorial), los cuales se encuentran a una aproximada latitud como la de España, como los tornados que asolan estos días el medio-este norteamericano, como los atípicos remolinos que están apareciendo en el Atlántico o la actividad sísmica exacerbada de los últimos días y aún la atípica sobreexcitación coronal que está experimentando nuestra estrella.
Indicios que bien pudieran ser síntomas de una enfermedad cuyo nombre y consecuencias nos están escamoteando las autoridades políticas y astronómicas, pero de los que no se infiere nada precisamente bueno, sino más bien todo lo contrario. Síntomas que coinciden en el tiempo con la cada vez más abrumante aparición en todos los mass-media, incluidos los televisivos de países del Lejano Oriente o de Rusia,  de filmaciones de dos soles (también en España han sido visto pocos minutos después del amanecer y pocos minutos antes del ocaso), los cuales nada tienen que ver con montajes o con reflejos. La hipótesis Nibiru, lejos de ser un disparate propio de algunos individuos con sus capacidades intelectivas alteradas, tal y como sugería el sistema oficial, está convirtiéndose en una evidencia de consecuencias imprevisibles…, o más que previsibles.
Hace algunos meses, cuando la fiebre del cometa Elenin había desquiciado a medio mundo, dije en esta misma columna que aquel evento había sido usado por el sistema para desacreditar otro fenómeno que vendría después, y que ahora pueda ser que estemos comenzando a percibir, ya sin posibilidad de engaño por parte de las autoridades porque será visible por todo el mundo desde cualquier lugar de la Tierra en muy poco tiempo. Que el sistema quisiera agotar la resistencia de la ciudadanía a los “fines del mundo” para que ahora no tenga crédito alguno quien dé aviso de cuanto está sucediendo en nuestro entorno, no pretende sino mantener el orden social hasta el último momento y evitar que el sistema mismo colapse y se desate un caos de tal magnitud que lo que no consiguiera un fenómenos astronómico esta magnitud lo lograra la propia conducta instintiva humana. Algunos creemos, sin embargo, que, aún en el peor de los escenarios, de nada vale esconderse o huir porque no hay dónde o adónde, y tal vez sea peor el remedio que la enfermedad, y que, en cualquier caso, mejor es esperar al destino a pie firme que conducirnos como animales irracionales: lo que tenga que suceder, que suceda, de algo hay que morir. Sin embargo, no creo que sea para tanto. Lo que sí creo, y me indigna soberanamente, es que veamos lo que estamos viendo y que nadie diga nada, que las autoridades nos tomen por idiotas y no expliquen con todo detalle cuanto saben, facultando con ello que iluminados, locos, vivales o escatólogos hagan su agosto particular con el pánico de las ciudadanos.

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